Jordi Torres: Verdimentiras

Jordi Torres: Verdimentiras

Breve autobiografía

Nací en Barcelona, hace ya toda una vida. Por motivos que aún me intrigan me licencié en informática y desde entonces me he venido ganando la vida con este pretexto. Seguí unos cursos de escritura creativa y relato breve en la escuela de escritores; por probar, como quien dice. Empecé a escribir con regularidad. He publicado relatos en las compilaciones de varios autores: "Lugares de paso" y "El sueño del gato". Algunos de mis microrrelatos también alcanzaron el papel gracias al concurso "Relatos en cadena", de la cadena Ser. En esto de la escritura, aspiro a juntar palabras con algún sentido y cierta frecuencia.

No sin mis garras

Hoy entrevisto a Giuletta Bragança. 56 años. Aunque nació y creció en Mozambique, se nacionalizó estadounidense y reside desde hace años en Nuevo México. Ha aterrizado en Barcelona para promocionar su libro: "No sin mis garras" (Ed. Paranoid), una encendida defensa de la libre comercialización y uso de las armas de fuego. Llego tarde y en ayunas al hotel Plaza, donde me he citado con ella; apenas he tenido tiempo de preparar la entrevista. Por lo que he leído en la solapa de mi ejemplar, es hija de un antiguo misionero jesuita portugués y de una maestra de escuela rural de origen italiano. No consigo localizar a la mujer de la foto en el amplio vestíbulo pero finalmente percibo los movimientos aleteantes de una señora que me saluda desde el otro extremo. Tiene un aspecto apacible. Viste al estilo del medio oeste: botas, vaqueros y suéter marron oscuro. Le pido al camarero que me traiga lo mismo que ella esté tomando -un buen método para despertar la complicidad del entrevistado y aflojar sus defensas, como el truco de la primera pregunta graciosa-. Lo que había identificado como un refresco de té frío resulta ser, sin embargo, un bourbon doble. Me siento en un sillón delante del que ella ocupa y tras los prolegómenos de rigor, y un primer sorbo que me sienta como la coz de una mula vieja, empezamos la entrevista.

 

Jordi Torres - Poca gente puede presumir de tener un padre misionero, je, je.

Giuletta Bragança: Mucho antes de que yo naciera él ya había colgado los hábitos. Mi padre era más bien un hombre de acción; religioso, sí, pero de acción. Nunca consiguió desarrollar su idea de la caridad dentro de los esquemas paternalistas de los jesuitas. Abandonó la orden y organizó, junto con unos colaboradores, una especie de centro social. Enseñaban oficios a niños procedentes de las aldeas más aisladas del norte de Niassa, niños y niñas sin ninguna posibilidad de escolarización. Un día llegaron unos guerrilleros al campamento, eran un hatajo de críos armados y algún que otro adulto. Incendiaron las chozas, violaron a las niñas y se llevaron a los niños. A mi padre y a los otros los degollaron.

JT: Brutal experiencia, sin duda.

Decido exterminar los restos de mi sonrisa ahogándola en el whisky.

GB: Aunque yo sólo era una niña, mi padre ya me había preparado para algo así. No teníamos otra opción: la muerte es un hecho cotidiano cuando vives en un país inmerso en una guerra civil. Una mañana, meses después de su muerte, encontré el cadáver de un guerrillero oculto entre unos matorrales. Los animales habían devorado su cuerpo pero conservaba el rifle y la munición intactos. Era un kalashnikov. Inserté el cargador como había visto hacer a los militares y apreté el gatillo: el retroceso hizo que me cayera de culo. Esa fue mi primera ráfaga. Allí sentada, sola, con aquel rifle en mis manos, sentí por primera vez que podría hacerme respetar ante cualquiera.

JT: ¿Y no le parece que las armas infunden miedo, más que respeto?

GB: Mire..., se lo contestaré con otra pregunta, una que hago a menudo en mis charlas a escolares: ¿por qué cree usted que los leopardos rara vez atacan a un ñu?

Intento evocar la imagen de un ñu. Recurro a remotos documentales en tardes lluviosas durante mi infancia y obtengo una especie de vaca grande y patilarga, con unos cuernos difusos.

JT: Por su cornamenta.

GB: Exacto. Supone un riesgo demasiado importante para la integridad del leopardo, así que sólo los atacan en casos de extrema escasez. Como parte del equilibrio natural, todas las especies tienen sus formas de defensa, sus garras, como las llamo yo. Estas garras son el elemento que garantiza unos niveles aceptables de supervivencia en cada especie. Paradójicamente, el hombre no las tiene de forma natural: nuestras uñas son blanditas y nuestros dientes pequeños, corremos relativamente poco si nos comparamos con cualquier cuadrúpedo, nuestra piel es delgada y nuestra carne apetecible. ¿Qué es lo que nos permitió, entonces, convertirnos en la especie dominante?

¿Realmente espera que conteste?... Sí, creo que está esperando a que conteste.

JT: ¿Nuestra inteligencia...?

GB: La inteligencia nos hizo competitivamente superiores al resto de especies en la medida en que nos permitió fabricar armas para la caza y para la defensa. Ahora, en cambio, la sociedad moderna no ve con buenos ojos que los individuos puedan defenderse por sí mismos. Hemos delegado en el estado el derecho a la protección de la propia integridad, algo que siempre había pertenecido en primera instancia al individuo y después a la colectividad.

Nos quedamos en silencio mientras una columna de turistas japoneses desorientados pasa entre nosotros arrastrando su trepidante ejército de Samsonites. Giuletta vuelve a la carga.

GB: Si alguien irrumpiera en su bonita casa de clase media con intenciones de atacarle, ¿que haría usted?

¿Y qué quiere que haga?, ¿llamar a un ñu? Se supone que he atravesado media ciudad para ser yo quien haga las preguntas.

JT: Avisaría a la policía.

GB: Claro, llamaría a la policía para que viniese con sus garras. El problema es que quizá, para cuando llegasen, sólo podrían taparle la cabeza con una manta térmica y redactar el atestado.

JT: No todas las sociedades avanzadas han evolucionado de la misma forma. En Estados Unidos, donde usted vive, está permitida la libre posesión de armas...

GB: Y cada día doy gracias a Dios por la segunda enmienda. Pero no se equivoque, soplan vientos desfavorables: Obama no se atreve a dar el paso pero los grupos de presión abolicionistas están proliferando y no pasará mucho tiempo antes de que esta cuestión llegue al senado. Por eso he escrito este libro y por eso he venido a Europa, porque Europa es el espejo donde Obama quiere reflejarse, es de Europa de donde toma prestadas sus ideas progresistas.

JT: Pues desde aquí vemos a Obama como un político de perfil conservador.

Eructo en silencio mientras disimulo lanzando una mirada semicircular al entorno y comprobando la grabadora que he dejado sobre la mesa, junto a mi vaso vacío. El camarero, siempre atento desde la distancia, me malinterpreta y aparece con otra ronda.

GB: La óptica europea sobre éste y sobre muchos otros asuntos es radicalmente distinta. Le contaré una anécdota. Decidí alquilar un apartamento en un pueblecito de la costa, no lejos de aquí, para alojarme mientras durase la promoción del libro. Es una casita preciosa con un jardín en la parte delantera y bonitas vistas sobre las olas. El primer día, tras un espléndido desayuno, fui al jardín y coloqué mis siluetas de terroristas y malhechores para mi práctica diaria de tiro. Vacié cuatro cargadores de mi Glock, la única arma que llevo cuando viajo. En Albuquerque suelo alborotar más ya que entreno con armas de distintos calibres. Al rato tenía delante de la puerta dos coches de la policia local y un helicóptero sobrevolando mi jardín... ¡un helicóptero! Podía ver el miedo en la cara de los policías mientras me apuntaban por encima del coche patrulla. Menos mal que no me traje el M16... les hubiese dado un síncope. Me pasé el resto de la mañana rellenando impresos.

Giuletta coge su vaso de whisky con ambas manos y lo alza como un cáliz hacia la luminosa claraboya que corona el vestíbulo.

GB: Ésta es la segunda razón, después de las armas, por la que adoro Estados Unidos. ¿Un scotch? Por Dios, no se puede ni comparar; el maíz nos entrega su alma en el bourbon, ¿no cree?

JT: ¡Oh!, desde luego; el alma del maíz está muy presente.

Brindamos. El segundo whisky se muestra más amable con mi esófago, incluso me parece distinguir leves matices florales tras la deglución. Los ojos de Giuletta chispean.

JT: Por cierto, no sabía que se pudiese viajar en avión con armas de fuego.

GB: Es un engorro, pero se puede. Deben ir en una valija especial y uno debe rellenar muchos formularios, algo a lo que estoy habituada. No en vano soy miembro honorario de la NRA (National Rifle Asociation).

Saca la cartera y me muestra un pequeño carnet, muy colorista, dominado por una gran cabeza de águila blanca junto a la frase "Freedom through strength", además de su nombre, el número de asociado y la fecha de expedición.

GB: Los miembros siempre llevamos el arma encima, forma parte de nuestras convicciones y no nos gusta renunciar a ellas.

JT: ¿Me está diciendo que tiene su arma consigo?, ¿aquí?, ¿ahora?

GB: Por supuesto.

Giuletta levanta la pernera del vaquero, introduce la mano en su bota y saca una pistola, que a mi me parece algo grande, oscuro y amenazador. La deposita sobre la mesa con desparpajo.

GB: Le presento a la Glock 26. Yo la llamo "mi pequeña Daisy". Me hace sentir como en casa, esté donde esté. Cójala, cójala, no tenga miedo. No hay ningún peligro, siempre y cuando no toque el seguro.

Cojo la pistola con suavidad preguntándome que aspecto tendrá el seguro de una Glock 26. Me siento como la señora de la limpieza quitando el polvo al botón del fin del mundo. En realidad es pequeña, apenas mayor que mi mano, pero es mucho más pesada de lo que parece a simple vista. ¿De qué hacen estas cosas, de kryptonita?

JT: Pesa.

GB: Esa suele ser la primera impresión de un neófito, sí señor.

Con delicioso mimo la devuelvo a la mesa, intentando que el cañón no apunte a ningún organismo vivo cercano, empezando por mi. Desde mi butaca, empequeñecido por las dimensiones del vestíbulo, observo la cara del camarero. Tiene la mirada fija en nuestra dirección. Habla con el encargado y ambos se nos quedan mirando. Giuletta, por su parte, se ha quedado repentinamente en silencio y se limita a observarme recostada en su asiento. Tras haber llevado el peso de la conversación durante los últimos minutos, ahora la ha soltado a plomo y parece resuelta a dejar que agonice a nuestros pies. Quizá le esté empezando a afectar la bebida. Pero yo no puedo permitir un silencio tan prolongado, se rompería el ritmo de la entrevista y, calculo, aún faltarán unas cien palabras para rellenar la página del sábado. Debo encontrar un nuevo filón, uno pequeñito será suficiente. De pronto sonrío.

JT: ¿Y que me dice de Michael Moore? ¿Qué opinión le merece el documental "Bowling for Columbine"?

GB: Michael Moore es un demagogo, un pelagatos de izquierdas que se ha hecho un nombre a base de difamar y mentir. Todos los datos que expone son sesgados o están sacados de contexto. Pero claro está, sus documentales son la clase de producto que se vende muy bien en la vieja Europa, ustedes están muy apegados a una imagen estereotipada de los americanos que nos presenta como unos cowboys violentos y xenófobos. ¿No es así?

Advierto que las manos de Giuletta están levemente crispadas, la expresión de su cara es otra: este camino está vedado para la entrevista. Introduzco una pausa de bourbon para no contestar.

JT: ...

GB: ¿Sabe que, según estudios recientes, los franceses y los españoles son los europeos que, en general, más rencor nos tienen? Le diré más: Barcelona se está erigiendo como una de las capitales de los movimientos antiglobalización europeos y es también una base permanente de movimientos islamistas radicales. Estas células terroristas se aprovechan de sus leyes laxas y permisivas para urdir su estrategia de terror a escala internacional, y eso es algo que nos afecta a todos. ¿Sabe usted cuánta gente murió en el atentado del World Trade Center?

La mano derecha del miembro honorario de la NRA avanza ligeramente hacia el borde de la mesa. Carraspeo y me paso unos dedos nerviosos por el pelo. Cuando estoy terminando de elaborar una respuesta apaciguadora, me interrumpe su risotada: Giuletta se palmea las piernas, taconea y se carcajea a voz en grito. Algunas cabezas próximas se vuelven hacia nosotros.

GB: No se preocupe, era una broma... tan sólo le estaba poniendo a prueba. Quería comprobar una vez más las conclusiones del estudio Heineberg.

JT: Menos mal, pensaba que iba a abalanzarse sobre mi cuello. ¿Heineberg, dice? Me suena... Es danés, ¿verdad?

GB: No. Es un psicólogo conductista gallego que se ha especializado en la mecánica de la comunicación entre hombres y mujeres. Afirma que si todos estuviéramos armados se acabaría el machismo.

JT: Qué interesante...

Me sujeto la barbilla y afilo la mirada para entronizar mi interés mientras, de reojo, miro el reloj. Giuletta prosigue.

GB: Hablando en términos generales, en cualquier interacción de un hombre con una mujer late, en la superficie o en el fondo, la superioridad física masculina. Aunque el hombre no pretenda ejercer ese dominio, aunque ni siquiera considere esa posibilidad de forma consciente, esa certidumbre tiñe todo lo demás. Pero si la mujer empuña una Glock, como yo ahora -y realmente la empuña durante unos instantes-, los roles cambian. A un hombre le cuesta mucho ser asertivo ante una mujer armada, como a usted le ocurre ahora.

JT: Ya veo que me ha usado de conejillo de indias. Ahora debería invitarme a un zumo de zanahoria.

GB: Me cae bien, usted. ¿Puedo tutearte?..., claro que puedo, eres un tipo simpático. ¿Por qué no vamos a un bar normal, pedimos unas cervezas, y proseguimos allí con la entrevista? Podrías intentar convencerme de lo equivocados que estamos los americanos acerca de los europeos. Estoy abierta a un intercambio cultural de amplio espectro.

Pensar en lo que un "bar normal" puede significar para esta mujer, me inquieta profundamente. Si a esto le sumamos el cariz de flirteo descocado que ha tomado la conversación -sobre fondo de pistola y vasos de tubo- creo que es más de lo que podría soportar con el estómago vacío.

JT: La verdad es que ya tengo material suficiente para mi artículo. Además, debo volver a la redacción enseguida para terminar otros asuntos. Te puedo acercar a algún sitio con el coche, si quieres.

GB: Es una lástima.

Giuletta agarra a la pequeña Daisy para, con un movimiento mecánico, introducirla en la bota y cubrirla con la pernera del pantalón.

GB: No hace falta que me acompañes. Prefiero ir en metro, mezclarme con la gente. Me han dicho que las ramblas son un paseo precioso así que me dejaré ir, sin rumbo concreto. ¿Conoces la teoría de la deriva?

Antes de que pueda contestar ella ya me está estrechando la mano, se levanta y se aleja hacia la entrada del hotel, algo tambaleante. Dios quiera que las estadísticas fallen y una guiri, armada, medio borracha, pueda culminar sin incidentes destacables un viaje en metro en plena hora punta y un paseo a la deriva por las ramblas. Unos minutos más tarde de que mi entrevistada haya sido engullida por la puerta giratoria y expelida en el seno de una sociedad indefensa, yo sigo sentado intentando que mi presión sanguínea se normalice. Al rato escucho el lamento de una sirena acercándose: ruido de frenos y destellos azulados iluminando el vestíbulo. Decididamente, Europa no está preparada para Giuletta Bragança.

 

 

Copyright 2011, Jordi Torres Zapata.

 

 

© Genio y Figura 2011 - Política de Privacidad -